XVI

XVI

 

En cuanto el pagano se vio libre de la obstinada furia de Bayardo, trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y empezaron a chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y rapidez, que no podían comparárseles los martillos con que se forjaban en la negrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su maestría en el manejo de las armas; ora se les veí­a erguidos, ora inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose a pecho descubierto; adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno perdido por el otro.